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La irreparabilidad de los líderes tradicionales latinoamericanosPor Pablo Edronkin
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¿Vale la pena intentar reeducar a la clase dirigente de los países de Latinoamérica o sería mejor sustituirla por una totalmente nueva? Esta es una pregunta que puede parecer revolucionaria, anarquista o subversiva; sin embargo, se trata de una inquietud puramente científica puesto que los hechos históricos han probado una y otra vez en la región que los líderes existentes muchas veces son incapaces de escuchar a su propia población por favorecer intereses de su propio grupo o bien los de grupos de poder extranjeros. Esto no es ninguna afirmación propia de una teoría conspirativa, sino la constatación de hechos reales: recordemos solamente los sucesos que acaecieron en la Argentina durante los años 2000, 2001 y 2002, y si queremos ir un poco más atrás en la historia, veamos lo que sucedió en Cuba después de su 'acercamiento' forzado y abusivo a los Estados Unidos, y que solamente culminó con una revolución que erradicó de forma completa a los antiguos grupos de poder. A Francia no le fué particularmente mal después de su revolución; China y Rusia, que estaban en el medioevo durante el siglo veinte, terminaron enviando hombres al espacio unas pocas décadas después de sacarse de encima a su antiguo y artrósico 'establishment'. Algo de bueno puede extraerse de cualquier proceso revolucionario. Es cierto que hubo guillotinas y campamentos de trabajos forzados de por medio, pero el 'progreso occidental' también alcanzó extraordinarias alturas en Hiroshima, Nagasaki, Vietnam e Irlanda del Norte, y no fué de mano de las dictaduras. Y si esto no convence, recordemos que tanto los israelíes como los palestinos poseen gobiernos estrictamente democráticos. Los muertos no fueron causados por ideas, sino por seres humanos e independientemente de sus pensamientos, excepto por una cierta crueldad patológica que se encarga de deformar los ideales en muchos casos y que - cuando se convierte en la norma - se transforma en un cáncer que acaba con todo. Mi hipótesis es que esto es precisamente lo que está ocurriendo en la cultura occidental, así como se la entiende, bajo la tutela autoinfligida de los Estados Unidos. Hasta el propio Estados Unidos llegó a existir gracias a una revolución que cambió el paradigma social en Norteamérica; en cambio el Reino Unido, que desde hace mucho no sufre revoluciones, padeció una decadencia en lento planeo, y de ser el país más poderoso de la Tierra pasó a convertirse en el perrito faldero de su antigua colonia. Parece grotesco: colonia de su propia colonia, o viéndolo desde una perspectiva geriátrica, es un país jubilado cuyo gobierno, que antes le daba de comer a sus hijos ahora necesita de ellos para que le conecten el suero intravenoso pues es incapaz de cambiar y pretende vivir de escandaletes de una monarquía cada vez más vulgar y alguna que otra guerra colonial a pequeña escala que - como en el caso de las Islas Malvinas - le sirven de placebo de un imperio que ya no es. Y Estados Unidos, que se jacta de ser la democracia más estable del mundo, sin revoluciones ni golpes de estado, se ha convertido en víctima de su propia estabilidad, pues de manera análoga al planeo decadente de su madre patria, el país del norte ha evolucionado hacia una pseudo-tiranía en el mejor estilo descrito por Platón, en donde por la sacrosanta incuestionabilidad de su sistema, no se cuestiona el hecho de que se ha deformado a manos de un inepto belicoso que sabe explotar el ego herido y la confusión de sus ciudadanos. No debe extrañarnos que los últimos modelos sociales y económicos engendrados en países en franca decadencia solamente hayan servido para empeorar las cosas tras ser servilmente copiados por estas latitudes. ¿Para eso es que los queremos? Yo diría que podemos admirar muchas cosas de su cultura, arte, deportes y ciencias, pero muy poco en cuanto a su política; y que sus adalides locales deben ser hechos a un lado porque nos van a arrastrar a una decadencia en aborto, es decir, antes de que siquiera estas naciones florezcan realmente pues copiando la decadencia solamente se puede obtener más decadencia. Gracias a ellos vamos a decaer aún antes de haber ascendido. Una revolución no es más que un proceso de evolución explosiva; es lo inevitable aunque no siempre constituye el mejor método para hacer las cosas puesto que en lo explosivo siempre hay injusticias, violencia y daños que podrían evitarse. Sin embargo, cualquier revolución es más deseable que un orden imperante glacial. Lo positivo de una revolución es el cambio, es la vuelta a cero del reloj biológico de la vida de los pueblos; la evolución también significa el cambio, pero a veces es demasiado lento y lo que no llega en vida no es oportuno ni justo, mientras que lo que sucede de forma revolucionaria, lejos de ser terrorismo o sedición por el hecho de propugnar el cambio, constituye una segunda oportunidad más allá de cualquier ideología, teología o filosofía que busque interpretarla. La perspectiva de las cosas desde un punto de vista humano se encuentra limitada por la autonomía de nuestras propias vidas; de nada nos sirve conjeturar con que dentro de doscientos años los países que hoy son subdesarrollados pueden llegar a convertirse en los más avanzados del mundo. La única esperanza que le queda entonces al ciudadano real es tratar de acelerar los cambios evolutivos sin que los mismos se conviertan en explosivos. No se debe creer que porque algo se ha mantenido durante mucho tiempo es necesariamente perfecto, mejor o más deseable que un cambio; tal afirmación constituiría una falacia. Puede haber sido o no mejor que lo anterior, pero muy probablemente constituya un problema cuando se le compara con nuevas ideas. Yo he afirmado en numerosas oportunidades que no es la influencia externa ni la incapacidad de la población la que produce el subdesarrollo, sino la inutilidad de los líderes y su contubernio tácito o explícito con un estado de cosas que les convenga a ellos como clase, aún en detrimento de la comunidad. Por consiguiente, si se quiere forzar algún cambio positivo, lo que hay que hacer es cambiar a la clase dirigente, y con esto me refiero no a convencer o persuadir a los dirigentes actuales de las naciones con que cambien puesto que son ya personas formadas con sus propios intereses, y eso no se cambia a menos que se les recompense con algo más tentador, cosa que no podrá ocurrir si ellos son la causa del problema puesto que nadie recompensa el fracaso; ellos deben ser sustituídos totalmente. Este es el papel que le asigno a lo que denomino hoy en día como el 'neocomunismo', no por un anhelo acrítico de la ideología de Marx, sino de acuerdo a lo que definí en otro artículo como el 'Efecto Fénix', para señalar el constante devenir de las dos formas de ver al mundo que han caracterizado a la civilización occidental por siglos y que se complementan una con otra, pero que en el estado actual de las cosas, cuando y donde se observa que el turno tutelar de las ideas en el mundo así como ha sido visto por la última superpotencia y copiado por nuestros líderes autóctonos debe dejar su sitio a algo nuevo que quizás no constituya la respuesta a todos los problemas, pero al menos sería un paso hacia el cambio. Lo que quiero decir es que dicha clase dirigiente debe ser sustituída totalmente por otra, educada bajo un paradigma completamente diferente. Esta sustitución no puede hacerse violentamente por muchos motivos, pero debe comenzar alguan vez, y para ello es que debemos prestar más atención a la educación y formación de la población, más que a cualquier mezquino tratado de libre comercio o pretendida panacea económica. Semejantes espejismos han asaltado a Latinoamérica desde que los españoles bajaron de sus barcos con vidrios de colores, y hoy en día vemos el resultado, pero repetimos los mismos errores. ¿Para qué continuar con esto? |
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