P. Edronkin

Fantasías de Asesinato en el Dovre Express



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Hace algunos años me encontraba viajando por Noruega en el 'Dovre Express', un tren que recorre la región comprendida entre Oslo y Trondheim, un poco más al norte.

Pocas horas antes yo había llegado desde Goteborg, en Suecia, también por ferrocarril y debía cambiar de trenes en la estación central de Oslo, la cual estaba siendo refaccionada de forma significativa por esa época.

Todo estaba en construcción y no había ningún sitio en el que permanecer sin contacto de alguna manera con la intemperie; hacía bastante frío y solamente tenía un pequeño libro de bolsillo para leer ('The Hitch Hiker's Guide to The Galaxy').

No había podido dormir bien la noche anterior y casi terminaba el libro, el frío no me dejaba estar quiete por mucho tiempo, y tuve que pasar varias horas contando los copos de nieve que caían, hasta que por fin, el nuevo tren llegó con retraso a la plataforma.

Rápidamente subí al confortable (cálido) coche de pasajeros en el que encontré mi asiento. Pocos minutos después, un bebé empezó a llorar; unos minutos después, seguía llorando.

La situación empezó a tornarse dramática unas cuatro horas más tarde, con el bebé llorando, el tren atrasándose cada vez más en su camino gracias a una tormenta de nieve que terminaba por cubrir las vías, y tras haber terminado de leer mi libro.

De más está decir que tres horas más tarde y poco antes de llegar finalmente a Trondheim, yo ya sufría una poco interesante jaqueca y - como la mayoría de los demás pasajeros - fantaseaba con arrojar al pequeño déspota y sus padres a la tormenta.

Si este paseo por las técnicas de tortura de la antigua Escandinavia sirve para algo es para decirnos a los viajeros que siempre debemos llevar con nosotros suficientes formas de entretenimiento para viajes largos, aburridos o aún peores; los reproductores musicales para archivos MP3 que se pueden descargar de la Internet, algúna baraja de cartas o cualquier cosa puede significar la diferencia entre la normalidad y la locura a manos de pequeños enanos fascistas como el que tuve que conocer aquella noche de invierno en un tren.

De lo contrario, deberá pagar un billete de primera clase, como hago yo siempre y desde entonces.

En un aeropuerto
No se olvide de llevar algo para entretenerse...




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