Don Pablo Edronkin

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Entonces, por más que en los desmanejos de una sociedad indudablemente hay una responsabilidad propia, del mismo modo que un paciente puede haber contraído una enfermedad por su culpa o ignorancia - como en el caso de la sífilis - no es moralmente correcto empezar a suponer que alguien puede merecer o no ayuda en tal contexto.

Imagine el lector a un médico en la sala de emergencias de un hospital que estuviera decidiendo a qué paciente en grave estado elegir atender por su color, por su apariencia, o porque coincida o no con los valores e ideas personales del médico.

¿Qué diríamos?

Ni Jesucristo, un Mahoma ni ningún otro profeta han sugerido que la ayuda o asistencia a quien la necesita se puede determinar en base al mérito. Si así fuera, en caso de accidente deberíamos imaginar a los bomberos que antes de sacar a un herido de un auto accidentado o de una casa que se incendia, le deberían pedir que les entregara un diploma o algo que hiciera que tal individuo mereciera ser salvado.

¿Y qué le sucedería a los ancianos o a los enfermos en un mundo como el que Herrn Schroeder nos está sugiriendo?

Basta ver que en medio de toda esta crisis de lo único que se ha hablado es de negociar con el Fondo Monetario Internacional, pero al mismo tiempo ni el FMI, ni los demás gobiernos, ni las Naciones Unidas y ni siquiera el propio gobierno argentino se han preocupado o han demostrado interés por lo que sucede con la población, el empleo, etc. que sufren las consecuencias reales de estos problemas.

Es decir, a los grupos de poder de hoy en día, usted y yo, los seres humanos y las personas que conformamos las naciones les importamos un comino.

La receta de la globalización puede resultarle útil a un habitante de EE.UU o de Europa en las condiciones actuales, cuando una gran parte de los problemas sociales ya están resueltos allí, pero los hechos prueban que ni en América Latina, ni en oriente ni en África dichas recetas han funcionado, y que en muchos casos el resultado ha sido que estas sociedades han quedado peor de lo que estaban.

Tener sentido común en este aspecto implica no empezar a distribuir culpas, sino tomar conciencia de que resulta claro que las recetas de la globalización no son ni tan ideales ni correctas como se creyó en un principio que eran.

La globalización basada únicamente en las ideas mercantilistas no funciona ni podrá funcionar porque es una contradicción en sí misma. Eso es lo que está sucediendo.

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