P. Edronkin

El fenómeno Ben Laden (III).



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Es obvio que cualquier país tiene derecho a defenderse, pero todo indica que además de una respuesta militar destinada a eliminar el problema inmediato, hay que ponerse a trabajar para eliminar las causas que originan el problema, y de eso hasta ahora nadie ha hablado.

Muy por el contrario, las actitudes del país del norte posteriores al 11 de Septiembre del 2001 han alienado a sus adversarios de muy variadas maneras que van, desde la aplicación de subsidios arbitrarios a las industrias propias en detrimento de sus socios al a denuncia de tratados internacionales y el agravio directo como ha sido el caso de los países sudamericanos y particularmente la Argentina.

Ben Laden no es simplemente un criminal, sino un llamado de atención que nos indica cual es la peligrosidad del terrorismo actual, de las corporaciones excesivamente poderosas, y de las políticas innecesariamente ambiciosas. Hoy en día, en vez de la política del cañonero, EE.UU - y el mundo desarrollado encolumnado detrás de ése país - está aplicando la política del 'misil de crucero'. Nuevamente tenemos pequeñas y frecuentes guerras localizadas, en las cuales estos países se meten alegremente puesto que la indudable ventaja tecnológica hace que al bajar los riesgos aparentes de dichos conflictos, la opción del uso de la fuerza se torne cada vez más tentadora.

Esto es sumamente peligroso porque la guerra siempre es riesgosa y a esto se agrega que la mayor frecuencia, y la evidente subestimación de los adversarios a que conduce una excesiva confianza en la tecnología están sentando las bases para que tarde o temprano ocurra con EE.UU. o la OTAN una catástrofe militar de importante magnitud, la cual podría ser utilizada política y militarmente por adversarios como Ben Laden.

Es solamente cuestión de tiempo para que ello ocurra, pues las guerras se ganan y se pierden.

A no ser que esto cambie, el mundo desarrollado va a encontrar su muerte o bien por la infiltración masiva y más o menos pacífica de los inmigrantes del tercer mundo, como sucedió en Roma, o se agotará en incesantes guerras contra el terrorismo que hará n que la vida material de sus habitantes sea 'buena' por contar con tecnología y calles limpias, pero netamente peligrosa y signada por el temor a los atentados y ataques.




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