Don Pablo Edronkin

La falacia de las crisis eternas (XV).



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Solamente cuando se supo acerca de la bancarrota de la compañía venezolana VIASA, y la forma en la que tanto el gobierno español como el argentino intentaban desentenderse del conflicto que se estaba desarrollando, los españoles porque estaban vaciando a la empresa y provocando su quiebra, y los gobernantes argentinos, pues estaban dispuestos a aceptar que los españoles dejaran sin trabajo injustamente a miles de personas pues esperaban recibir más préstamos del gobierno de España.

El público local - y hasta el español - empezó a creerle a los empleados, quienes en definitiva, y así lo prueban los hechos, tenían razón: el gobierno español, con la omisión consciente del argentino, estaba administrando la empresa de forma casi fraudulenta, por decir lo menos.

En otro contexto, una política semejante no hubiera llegado tan lejos. La compañía se salvó de la quiebra definitiva por muy poco, pero no sucedió lo mismo con VIASA. A los venezolanos los tomaron por sorpresa, y la estafa se consumó. Esto no debe olvidarse: fue el gobierno español la institución que cometió sendos fraudes, pero quienes debían impedirlo no lo hicieron a causa de otros intereses.

O sea, los gobiernos corruptos invitan a otros corruptos que lo único que harán será perjudicar a la propia población, alimentando el problema.

Este ejemplo muestra otro de los componentes de la falacia de las crisis eternas y sus soluciones de supuesta emergencia, y es que al caerse en los dogmas, al mismo tiempo los integrantes de la organización o sociedad empiezan a asumir respecto de ellos mismos que no son capaces de resolver el problema.

El crecimiento de la popularidad de los dogmas depende en cierta forma de la frustración y el resentimiento de la gente, y cuando las personas empiezan a padecer de una baja autoestima a nivel colectivo, esos sentimientos o sensaciones se potencian, con lo cual se acrecienta la influencia de los dogmas.

Al suceder tal cosa y fracasar un dogma, en vez de remitir, esas sensaciones vuelven a crecer en magnitud, ya en contra del dogma anterior. Esto indudablemente lleva a la proliferación de la hipocresía como estilo de vida, pero lo esencial es que vuelve a retroalimentar a este sistema perverso, hasta que los dogmas se agoten como el Zahir de Borges, o bien, hasta que el sistema se aniquile a sí mismo.




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