P. Edronkin

Relatos de supervivencia: el F-27 de la FAU en los Andes (III).



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Al cabo de un par de semanas se hizo evidente que ya nadie los buscaría, a pesar de que habían logrado ver en una ocasión a un avión que sobrevolaba la zona (habían caído muy por fuera de la ruta aérea programada), y que la comida empezaba a escasear, por lo que los sobrevivientes empezaron a alimentarse con los cuerpos de los pasajeros y tripulantes muertos.

Para ello, empezaron por seleccionar los cadáveres de las personas que nadie había conocido, los cuales cortaban empleando trozos de vidrio. No todos los sobrevivientes aceptaron alimentarse de esta manera.

Unas semanas más tarde, un alud de nieve sepultó a varios de ellos, quedando solamente 16 personas con vida dentro del fuselaje del avión, incluyendo al último tripulante con vida.

Dos meses después del accidente y ya en verano, las dos personas que se encontraban en mejor estado decidieron emprender una marcha para tratar de obtener ayuda. Tardaron más de una semana en recorrer unos 10 kilómetros, hasta que encontraron a un poblador local, el cual avisó a las autoridades chilenas.

Pocas horas después, a los 70 días de haberse producido el accidente y cuando ya los habían dado a todos por muertos, el grupo de sobrevivientes fue rescatado por varios helicópteros.

En la actualidad, los restos del avión continúan en el sitio donde también se ha levantado una pequeña capilla en recuerdo de las víctimas del accidente, pero la Gendarmería Argentina raras veces permite a las personas acercarse, a fin de mantener alejados a los curiosos.




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