P. Edronkin

Respetar las reglas de la organización y entender que no existen para el provecho personal.




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Todos los seres humanos tenemos cierta tendencia a violar las reglas establecidas. Tomando esta noción de manera aislada, podemos decir que tal cualidad no es ni un defecto ni una virtud, puesto que por un lado, el respeto por las normas establecidas trae orden, y por otro, la rebeldía produce cambios.

Conceptualmente, una cosa no puede existir sin la otra, pues el establecimiento de las reglas requiere de un proceso racional que no puede llevarse a cabo si no hay una voluntad de cambio en alguna parte, y ello implica necesariamente romper con esquemas anteriores.

Sin embargo, en la práctica, los cambios propuestos no resultan siempre armónicos o pacíficos, y el aducido respeto por las normas se traduce en una perpetuación del status quo imperante.

Es por lo tanto necesario, desde el punto de vista de un líder o administrador, tomar conciencia de la existencia de estas fuerzas y saber manejarlas.

Por un lado, hay que tratar de mantener las reglas vigentes frente a los intentos por cambiarlas a fin de brindar cierta estabilidad a la organización para que pueda funcionar, pues si no existe un mínimo grado de coherencia y continuidad de las reglas de juego, resulta imposible planificar a mediano y largo plazo, y consecuentemente no se podrá progresar.

Por otra parte, si no se prevé algún tipo de mecanismo para efectuar cambios racionales en dichas reglas de juego, quienes mejor hayan sabido aprovecharlas para obtener algún tipo de provecho particular por sobre los demás integrantes de la organización, se enquistarán en sus posiciones de poder y subordinarán todo tipo de cambios a sus propios intereses. Históricamente, tales situaciones culminan en revoluciones.

Esto se manifiesta de las más diversas maneras: en algunas organizaciones se puede observar de forma abierta, pero en otras, puede aparecer de forma encubierta. Tomemos por ejemplo el caso de los sistemas electorales basados en las conocidas "listas sábana" o sistema D'Hont.

En un país que las aplica, como la Argentina, los candidatos políticos a puestos legislativos, como el congreso o los organismos deliberativos provinciales y municipales, se eligen por medio de este sistema.

Es decir, los electores no seleccionan directamente a cada candidato por circunscripción sino que existe una lista de la cual se seleccionarán para cada partido un número de candidatos proporcional a los votos obtenidos, empezando por el primero de la lista y terminando por el último.

Ahora bien, en un sistema así, más allá de la discusión sobre si personas que uno desconoce pueden ser realmente representativas, se produce una falacia más importante, y es que tal sistema existe solamente en beneficio de los intereses particulares de determinadas corporaciones e individuos, que son los políticos influyentes y los partidos a los que representan.

Evidentemente, en un sistema así, el orden en el que se confeccionará la lista resulta un factor preponderante. Es decir, si un candidato aparece en el primer, quinto o undécimo lugar, ello influenciará de gran manera sus posibilidades de ser electo o no.

Como un partido político siempre obtendrá un número mínimo de votos, y un partido político añejo e importante ya puede manejar estadísticas en tal sentido, los primeros puestos en la lista, en la práctica, garantizan la obtención de una banca.

Esta garantía no se obtiene en las urnas, pues se sabe de antemano, en base a datos estadísticos, que cada facción o partido político obtendrá un determinado porcentaje de los votos.

En consecuencia, la elección real de los candidatos no se produce en las urnas, sino en los comités políticos, lejos de los votantes, y vaya uno a saber por qué medios.

Este es un ejemplo muy claro de lo que significa manipular las reglas de juego para obtener beneficios particulares o sectarios. Este comportamiento es perverso y deshonesto, y si se aplica de forma constante, conduce a una verdadera decadencia del sistema que lo alberga.

Por consiguiente, cualquier líder que se precie de ser bueno y responsable, debe evitar por todos los medios que tales actitudes aparezcan dentro de su organización, pues incluso si por medio de una de ellas pudiera obtener ventajas de corto plazo, a la larga estaría hipotecando la estabilidad de su organización.

Esto sucede porque se pretende alterar las reglas de juego de manera encubierta. Volviendo a hilvanar el discurso en relación a lo mencionado inicialmente, los líderes deben prever sistemas para modificar las reglas de juego sin tener que recurrir a tales subterfugios, pues tarde o temprano, tales trucos se vuelven contra toda la organización, incluyendo a ellos.

La violación de las reglas puede ser más o menos manifiesta. Cuando es abierta, la propia opinión pública de la organización podrá manejar el hecho en la mayor parte de los casos, pero las violaciones de contenido, pero no de forma, como la que acabo de mencionar, son mucho más peligrosas y requieren de más agudeza de la que el público en general normalmente aplica por falta de interés, experiencia, educación o lo que sea.

Un líder bien intencionado siempre tendrá que luchar contra quienes intentan torcer las normas para su propio beneficio. Las sanciones en tales casos deben ser severas, especialmente si el causante ha sido un individuo que de alguna manera haya sido o sea visto como un modelo por terceros.


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