P. Edronkin

Poner los objetivos de la organización por delante de los personales.




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Más de un latinoamericano estará sonriendo a solas por el título de esta nota, pues no parece algo real que un líder alguna vez y en algún lugar haya hecho esto.

Precisamente uno de los problemas de las sociedades políticas latinoamericanas es la corrupción de sus esferas de poder.

La historia demuestra, tanto en el caso de las organizaciones privadas como así también de las públicas, que la conjunción de intereses entre los líderes de un grupo y dicha organización, son necesarios para garantizar cualquier tipo de éxito.

La clave para lograr que un grupo de líderes realmente actúen en conjunción con la organización es hacer que se desarrollen y se mantengan intereses comunes entre los liderados y los líderes.

El puesto de un líder debe ser visto con prestigio para que exista la ambición de llegar hasta él, debe presentar ciertos requisitos para que solamente los candidatos más aptos lo ocupen, debe ser correctamente recompensado pues no se puede esperar que los intereses comunes se mantengan si el puesto no resulta rentable pero por otra parte se ofrece la posibilidad de usar el poder en provecho propio, y las sanciones para los líderes deben ser mucho más severas que para los demás en caso de cometer faltas, a fin de disuadir cualquier intento de corromperse.

En muchas sociedades, se asume que los puestos de liderazgo deben ser únicamente vocacionales, y que no requieren de capacitación de ninguna clase ni tampoco una remuneración o recompensa. Por una simple regla de mercado, si en una organización no se ofrecen condiciones óptimas de carrera para un líder, este se irá a otra parte y la primera organización se quedará sin buenos candidatos.

Si se observa la evolución histórica de diversas sociedades que han resultado exitosas, se puede concluir fácilmente que - sin adoptar criterios sectarios o elitistas - las mismas han dado valor al mérito personal.

En muchas sociedades u organizaciones en las que existen desigualdades entre los dirigentes y los integrantes o ciudadanos, como ocurre en el caso de muchos países latinoamericanos, y particularmente en aquellos que cuentan con una importante población indígena, resulta muy difícil sugerirle a la población que una persona puede tener más mérito y consecuentemente, ganar más dinero y poder, pues están acostumbrados a ver a esto no como una medida para garantizar que un líder esté satisfecho con su trabajo, sino como la obtención de nuevas ventajas personales de una clase dirigente meramente usurera.

Es decir, aquellos grupos en los que no se adopta el criterio de anteponer los fines grupales a los personales terminan siendo corruptos y descreídos, y entran en un círculo vicioso de desconfianza que perjudica aún mas su propia situación al desfavorecer el crecimiento de nuevos líderes.

Anteponer los fines grupales a los personales puede resultar algo difícil, y en los casos en los que un líder de cualquier clase lo haga, muchas veces se incurre en el error opuesto. Es decir, olvidarse totalmente de que un líder, un administrador, gerente o capitán, son seres humanos también.

Esto conlleva tarde o temprano al desencanto y también a la corrupción, pues basta que aparezca un nuevo líder que esté descontento con la situación como para que intente hacer algo al respecto. Sin embargo, como resulta muy difícil cambiar el status quo en tales circunstancias de forma abierta, estos cambios se producen de forma encubierta, y es allí donde aparece la corrupción.

Para dar un ejemplo claro de esto, pensemos simplemente en que un político de carrera, asumiendo que fuera totalmente honesto, puede llegar a ocupar un cargo público - incluso en una sociedad desarrollada - que le dé un ingreso de un par de miles de dólares mensuales. En la Argentina, por ejemplo, el Presidente de la Nación gana oficialmente U$ 4.800 aproximadamente.

En cualquier empresa privada, por un puesto de jerarquía semejante, esta persona ganaría tranquilamente cinco o diez veces más.

Ahora bien, resulta difícil convencer de tal hecho a la población, en cualquier caso, pero más aún cuando los sueldos del habitante medio son bajos.

En consecuencia, una persona en una posición nada más ni nada menos que la de Presidente, lentamente empieza a ser corruptible.

SI bien es cierto que se puede pedir un cierto grado de vocación de servicio a una persona que pretende ocupar un cargo que implique una posición de liderazgo, no se puede dejar el realismo de lado, y para lograr la necesaria conjunción de intereses entre líderes y subordinados, hace falta que ambos obtengan un mínimo grado de satisfacción de dicha relación.




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