P. Edronkin

El poder mata al poder.



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Las naciones deben pensar tanto en sobrevivir como los propios individuos. No hay sociedad en el mundo que sobreviva a largo plazo a través de la destrucción de sus minorías en cualquiera de sus formas, pero parece ser una norma común de las sociedades ignorantes que se desprecie a los individuos sobre la base de emergencias o razones de estado.

El estado tiene una tendencia marcada y constante a ignorar a su población. Incluso en las sociedades democráticas, las estadísticas electorales pueden actuar como factores decisivos en el sobrepasamiento de los derechos de las minorías.

Los estados no pueden escapar de la dualidad de su naturaleza, lo cual puede verse a través de varios ejemplos.

Un exceso de emergencias denota un exceso de incompetencia. Una carencia absoluta de emergencias denota la entrada en el lento tobogán de la apatía.

Las sociedades construyen sobre la base de la destrucción. Demolemos edificios para construir otros, destruimos bosques para construir ciudades, y luego nos alejamos de las ciudades para vivir en suburbios moteados de árboles y bosques artificiales.

Los hijos suceden a los padres, que un día mueren para hacerle un lugar a los que vendrán.

Este ciclo tan natural no nos sorprende; esta paradoja forma parte de nuestra vida cotidiana. Sin embargo, cuando nos olvidamos de la misma es cuando las sociedades se enferman a causa de la organización que naturalmente surge para administrarlas, que es el estado.

Cuando el estado y su relación con la sociedad que debe servir y de la cual se origina se enferma, sucede algo similar a la muerte de los hijos antes que los padres.

El estado es un mal necesario, es una entidad necesaria para regir los destinos de una nación tanto como los microbios son necesarios para producir los antibióticos. Sin ellos, no tendríamos cura para muchas enfermedades. Sin el estado, las sociedades se convertirían en la ley del más fuerte, que no necesariamente es la ley de la inteligencia o la capacidad.

Sin embargo, si nos excedemos o equivocamos en la cantidad de microbios aplicados para producir anticuerpos, tenemos un remedio que resulta ser peor que la enfermedad, del mismo modo que si nos equivocamos en la constitución y administración del estado, surge la tiranía tanto como si el estado nunca hubiera existido.

En toda organización estatal, y en toda organización de poder, existen fuerzas suicidas, auto destructivas, y que devienen del propio deseo de poder y ambición.

El estado en si mismo ni es una organización noble. Es una entidad odiosa, venenosa de por sí como lo son los microorganismos necesarios para producir las vacunas, pero es de esta, podríamos llamarla así, cualidad negativa que pueden crearse otras positivas.

Dejada a su libre albedrío, esta cualidad se transforma en un veneno que termina por asfixiar a la propia sociedad que lo genera.

El estado no puede ser glorificado sino simplemente tolerado y entendido.




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